lunes, 29 de octubre de 2018

El Pibe

-Qué ganas de hacer un escabio- dijo él. De fondo sonaba La Base y las ganas de romperse reinaron. Las penas y las alegrías las ahogaban en un poco de alcohol, mientras bailaban y celebraban las ganas de vivir. Parecería insólito, paradigmático y hasta patético. Allí en esa casa la tristeza no tenía cabida, no había quién les achacara. De pronto, sonó el teléfono.
-Tenés que matarlo- le dijo. Y El Pibe no lo dudó un segundo. Salió encaminado al lugar donde le proveerían del armamento, los proyectiles y la dirección. Una vez allí, El Pelado, como se lo conocía en el barrio, le entregó una mochila de color negro.
-Acá está todo lo que necesitás- dijo El Pelado. El Pibe se limitó a mirarlo con ojos de fuego, enloquecido de ansiedad y furia, y se fue. Emprendía el largo y tortuoso camino hacia la muerte, el asesinato y la oscuridad. Él asumió su papel en ese momento y lo cargó a cuestas junto con la mochila.
Antes de llegar sintió la necesidad de llenarse de fuerza, deseaba que del cielo alguien le bajara, en ese momento, un superpoder. No deseaba la inmortalidad, no le importaba morir. Sólo necesitaba más fuerza. Algo que lo estimule, que le haga olvidar por un momento el compromiso. Tanteó el bolsillo derecho de sus jeans desgastados y no encontró nada allí. El izquierdo, tampoco. Los de atrás, menos. -¿¡DÓNDE MIERDA LA PUSE!? – pensó. Quedó obnubilado por la rabia y la cobardía unos minutos, hasta que se acordó de algo; -¡Claro, la mochila!- recordó. Abrió la mochila y allí estaba su superpoder: algo que su tío le había enseñado a tener siempre con él, para que nunca se olvidara que los mortales también podemos tener superpoderes. La Bolsa. -¡Qué felicidad!- Por un momento pensó que no podría cumplir la misión que le habían encomendado y por la que le pagarían unos cuántos billetes. Abrió la bolsa con los dientes y con ayuda de una moneda de dos pesos, esnifó poco más de media bolsa. Era un superpoder caro, pero poderoso. –Por lo menos pa’ una horita me da- Pensó.
Todo sería rápido. Iría a su encuentro y tras gritarle unas cuantas cosas en la cara, para distraerlo, sacaría el revólver calibre treinta y ocho que le habían dado ya con unas cuantas balas dentro, y le dispararía, a quema ropa, en el pecho dos y otros dos en las rodillas, cuestión de que no pudiera levantarse y caminar, cuestión de que muriera allí desangrado, sin poder pedir ayuda. Era el plan perfecto, sí. –Soy el propio- pensó. –Lo mato y ya está, me voy- La cana no va a venir hasta después de un rato, en ese momento yo ya voy a estar allá, disfrutando de la plata que me voy a ganar- volvió a decirse para sí. – Paso a buscar a La Lore y le digo pa’ ir pa’ casa a escabiar y bailar. Y después de eso echamos un polvo. Sí, sabelo, es esa. Se va a quedar re contenta La Lore. Hasta le puedo comprar un chocolate si me da el tiempo. O capaz le llevo unos porritos, creo que le va a gustar más.-
El Pibe siguió caminando. Era un camino largo y hacía calor. Al cabo de un rato llegó al lugar pactado. Era un descampado en un barrio de la ciudad, pero estaba lo bastante alejado de las casas como para que el sonido de los proyectiles se sintiera, pero no tanto. Al escuchar, los vecinos no sabrían bien de dónde viene el sonido, así que no se alarmarían.
El Pibe vio que no había nadie aún, así que se sentó en el cordón de la vereda y encendió un cigarrillo mientras esperaba. –Ya está, paso, le compro un chocolate y le llevo unos porritos, así se me queda contenta aquella- pensaba. Retraído en su pensamiento, olvidó estar alerta.  Pocos segundos pasaron cuando El Pibe dejó caer el cigarrillo de entre sus dedos y su pecho empezó a sangrar. Alguien le había disparado por detrás, y la bala atravesó su espalda hasta salir por su pecho. En unos segundos El Pibe ya estaba en el suelo, sangrando, luchando por mantenerse vivo, despierto, alerta. Deseando que viniera la ambulancia, la policía o un vecino. Nadie llegó. El lugar estaba lo suficientemente lejos como para que los vecinos no se percataran de que el sonido había sido de una bala. El Pibe empezó a arrastrase por la calle, intentando llegar a algún lugar, que alguien lo viera. No le importaba que encontraran la mochila negra. Él pensó también en una excusa. Pensaba decir que la mochila era del agresor, que se la había olvidado allí por salir corriendo. Pensó también que cuando volviera, iba a preparar el mejor escabio de la vida. Y que por todas esas veces que no fue a ver a su madre, ni a sus hermanos, iría el doble, hasta iría a vivir con ellos si lo dejaban. Iría a ver a La Lore y le llevaría ese chocolate que tanto le gustaba y los porritos. Se los fumarían juntos mientras escuchaban La Base, Damas Gratis, o El Indio Solari. Iba a llevar a su hermano al estadio a ver a Rampla e iba a dejar de pelear con su mamá. Pero El Pibe lentamente fue cerrando los ojos, hasta que en un momento dejó de respirar.
La policía lo encontró dos días después. La mochila a su lado estaba abierta y de su mano derecha colgaba el calibre treinta y ocho, de la izquierda, La Bolsa. Tenía un orificio de entrada y otro de salida en la sien. Los médicos declararon suicidio. Y en su expediente, para siempre, quedaron grabadas las siguientes palabras: Ezquizofrenia delirante con espisodios agravados por el uso de drogas que terminó en suicidio. 

Fin.

lunes, 22 de octubre de 2018

Solo palabras

ABUSTASTE
BOLUDO
BOTÓN
CASI CASI
CANTE
CAGÓN
CURTE
DALE GAS
DELINCUENTE
DECÍA!
DE GUAN
ELEGANTE
FIJA
FALOPA
FINITO
FASO
FRULA
FAMILIA
GATO
GATILLO
GORRA
GIL
GUACHO
HDP
INÚTIL
IMPRESIONANTE
JAPI
JUGÁ CONMIGO
KAPANGA
LADRÓN
LLAMAME
MARICÓN
MÁMA
MAMASTE
MIERDA
MERCA
MARIDO
MIJA
MASO
MASOQUISTA
NINGÚN NINGÚN
NAVE
ÑERY
OPA
PALABRA
PARIENTE
PARRULA
PÁPA
QUÉ QUÉ
RATÓN
RATI
RASTRILLO
SABELO
TECA
UH
VAPAI




domingo, 21 de octubre de 2018

La voz

-Definitivamente- Me dije.
Por mi mente desfilaban ideas cual pasarela, el problema era que no podía bajar a tierra ninguna. Qué digo, siempre había sido ese mi problema. Hacer aterrizar mis ideas, hacer palpable todo lo que adentro llevaba.
Quise por un momento, romper todos los esquemas y gritar que sí, que todo esto es una porquería a veces y que quisiera no existir. Luego me descubro desnuda en la cama, terminando de orgasmear y la vida se vuelve un poco mejor.
-¡Pero a qué poco resumís tu vida!- Dijo algo adentro.
- ¿A hacer el amor? ¡Ni eso! Se llama masturbación, y me encanta.

Me puse la campera y arranqué. Sí, así se dice acá. En la esquina, uno de los pibes estaba revisando las bolsas de basura, a ver si encontraba algo de comer.
-¿Y qué hiciste?
-¡Le regalé un paquete de galletas! ¡Sí! Las mías, mis favoritas. Y él abrió el paquete y se las comió, una por una ¡mis galletitas!

Ya era otro día. El mismo muchachito, sí, el mismo, estaba revisando la basura de nuevo.
-¿Y qué hiciste?
-Volví a darle, esta vez un alfajor. ¡Sí! ¡Mi alfajor!

Al ratito vino al barrio otro muchacho, un delincuente, un chorro, una bazofia humana. Dicen los comentarios que se habría ido a otro barrio, a "rescatarse". Entendimos que estaba "tranzando" . Y crucé la calle, sí, sólo por él y fui, le dí un beso.
(¿En serio eso hiciste?)
-Sí, fui, le di mi beso, de mi carita de niña buena, blanca y progre.
(¿¡Progre dijiste!?)
Él se fue contento, estoy segura. Él me había robado un año atrás. Y hoy yo fui y le regalé mi beso. Sí, le regalé, porque es un lujo que yo, niña blanca, pobre pero laburante, prolija (¡que se baña!) y no tranza ni compra nada robado, le de un beso, sí.

Hay una muchachita acá. Tiene unos doce. Está embarazada. Todos los días deambula de esquina a esquina y se acaricia la panza. Tiene en su cara ojitos tristes y sonrisa partida al medio. Cada vez que la veo, le muestro mis dientes.
(¿Tus dientes blancos, bien lavados y recontra derechitos?)
-Sí, esos.
Le sonrío a la muchacha, por que quién sabe, puede ser mi hermana. O simplemente por.... porque es personita, y mujer, y una niña y triste.
Hay una señora acá. Ella sale todos los días a las 6am a trabajar.
(¡Qué bien!)
Su esposo para llamarla le chifla, o le chista. Ella no tiene nombre. Ella sale a trabajar. Vuelve. Él la espera con palizas. ¡Ella piensa que comprando cosas puede llenar su corazón!
(¿De verdad?)

sábado, 12 de mayo de 2018

El hombre y el jardín


Capítulo I. El Origen

Homero estaba sentado en el sofá mirando por la ventana semiabierta. Desde la posición en la que se encontraba, podía visualizar un tramo de la calle y unas pocas casas que alcanzaba a divisar con su mirada. Entre ellas, había una casa verde que resaltaba de entre las demás por su atípico color y por la gran colección de plantas exóticas que decoraban su vereda. Homero la miró y pensó en el tiempo que le habría llevado a la persona que allí vivía, recoger todas esas plantas y organizarlas de tal forma en que todo el jardín quedara perfectamente armado, que hasta pareciera sacado de un cuento en el que todas encajan perfecto y combinan entre sí; dispuestas de una maravillosa manera, perfectamente recortadas, relucientes, cayéndoles gotas de agua recién regada y sobretodo, vivas.
 –Están más vivas que yo-, pensó. Alguien habíase tomado el tiempo y la delicadeza de mantener vivo ese hermoso jardín y darle ese aspecto tan sutil, pero a la vez tan bosquecino, tan tibio y cálido. –Será alguna viejita- pensó.  Fue allí, mientras pensaba, cuando vio salir de aquella casa, una hermosa joven de cabello largo y negro, que pasó entre medio de las plantas, abrió el pequeño portón que separaba la casa de la calle, y se fue hacia la izquierda. –Será su nieta, irá a trabajar- supuso. Desde su perspectiva no podía ver más, así que a pocos minutos de ver salir a la joven, ésta se perdió entre el gris de la calle y las otras casas, y pronto se olvidó de ella. Su mente siguió analizando el jardín detenidamente, y halló que en él se encontraban todos los tipos de especies que él podía llegar a conocer, y otras que no conocía. Reconoció de entre estas el Aloe, el Llantén, la Lavanda y un árbol de Ceibo. También había allí un hermoso árbol de Paraíso que proporcionaba una perfecta sombra a todo el lugar, donde le hubiese gustado sentarse a tomar un mate de té con aquella mujer, o simplemente solo, qué más daba. En su pequeño apartamento nunca había podido tener más de una o dos plantas en macetas, el placer de la tierra fértil y viva no se le había dado. Sus pocas posibilidades monetarias, gracias a un trabajo inestable y la casi ninguna herencia patrimonial que le habían dejado sus padres, no le permitían acceder a mucho más. Apenas si vivía en ese apartamento alquilado de un amigo, que dos por tres le perdonaba la renta, menos iba a poder plantar o ver crecer algún yuyo. Homero siguió mirando hacia el mismo lugar, nada le retraía de su tarea, hasta que de pronto, alguien llamó a la puerta de aquella casa. –Al fin, voy a conocer a la viejita que cuida de esas plantas- pensó.  Aquel visitante inesperado, golpeó tantas veces hasta hartarse y nadie salía de allí. Homero pensó que tal vez era una señora muy muy viejita, a la que le costaba llegar hasta la puerta, pero luego pensó que en realidad el visitante había estado mucho tiempo insistiendo como para que alguien pudiese abrirle. Luego pensó que tal vez allí no vivía nadie más, solamente aquella muchacha, y pensando sobre sus pensamientos, la envidió, y se castigó a sí mismo por el pensamiento y se dijo: - Imposible, alguien más tiene que vivir allí-.

Capítulo II. Sobreviviendo

Una de aquellas tardes en las que Homero no hacía más que sentarse en aquel sofá viejo y estrecho, mientras observaba por la ventana semiabierta hacia la casa de enfrente, decidió ir. Lentamente levantó su cuerpo, y con más curiosidad que pereza, emprendió el corto camino que separaba la puerta de salida de la sala de estar, y en menos de un minuto su mano estaba en el pestillo de aquella puerta de madera marrón y destartalada – tengo que arreglar esto, pensó- y tras un portazo, dejó su recinto. Mirando hacia un lado y otro, se dispuso a cruzar la calle y en segundos estaba en el frente de aquella misteriosa casa. Nuevamente, hacía un rato, había visto salir a aquella hermosa mujer, por lo que supuso no habría nadie.
 Se confirmaron sus expectativas. Aquel jardín era mucho más hermoso de lo que parecía desde lejos, la variedad de plantas y flores aumentaba conforme a su vista giraba hacia un lado y hacia otro, se extasiaba, no podía ver más, sus pequeños y achinados ojos no le alcanzaban. Quería abrazar todo aquello con los ojos. Por un momento, su cabeza dio atisbos de una idea loca, la que auto rechazó y automáticamente, volteó  para emprender de nuevo el camino hacia su casa.
De nuevo allí, se sentía seguro, empero, no podía dejar de ver ni de pensar en aquel hermoso jardín. Fue entonces cuando sonó el teléfono. En seguida lo tomó entre sus manos y deslizando suavemente el dedo índice sobre la pantalla, atendió, era de su trabajo. – Te necesito ya, ¿podéis venir? – Se escuchó del otro lado- Me alisto y voy- dijo él.
En menos de diez minutos Homero estaba pronto. Las llamadas inesperadas de su jefe, no podrían significar otra cosa que problemas, por lo que de camino al trabajo, fue pensando en los posibles errores que tendría que corregir, en las posibles soluciones a los posibles problemas.
Al llegar se encontró con lo que esperaba. Un completo caos. Diez personas no paraban de teclear sobre sus escritorios, si quiera levantaban la vista o paraban para tomar un sorbo de café. Él de dispuso a ir instantáneamente hacia su escritorio, pero cuando llegó, alguien más estaba en su lugar. Era un hombre joven y flaco, con poco y nada de barba, - tendrá unos 20 años- pensó. Sutilmente, le pidió al joven que se retirara, explicándole que ese era su escritorio, y que lo necesitaría para trabajar las próximas horas. El joven, con un poco de recelo y dudas, tomó sus cosas y  se paró. Fue directamente a la oficina del jefe, el cual le asignó un nuevo lugar.
Para Homero las cosas no habían comenzado bien. No había cosa que odiara más que un compañero nuevo mezclado entre sus cosas, tocando su computadora y sus lápices. No era que tuviese archivos privados ni un historial de páginas pornográficas, solo que su sentido de pertenencia era tan débil, que le hería en lo más mínimo sentir que sus cosas no eran sus cosas. Que en su ausencia, todos podían tocar y hacer uso de su lugar.
En menos de un minuto, el jefe se plantó frente a él y le explicó la situación. Un grupo de personas desconocidas, habían entrado en la red privada de la empresa, la habían hackeado, y estaban sacando a luz datos privados que no podían saberse. En el noticiero local ya habían sido mostrados algunos datos prohibidos, era un escándalo social. - Contamos con su capacidad para corregir esto, lo más antes posible- dijo el jefe. Homero tragó saliva y se dispuso a acabar con el problema. Sabía que era un arduo trabajo y que le llevaría horas. Tendría que hackear la página web de su propia empresa, averiguar direcciones IP, tratar de localizar a los posibles hackers, cambiar contraseñas, guardar datos, ingresar otros. Le esperaba una tarea larga y dolorosa, no quería pensar.

Capítulo III. El Jardín

Al otro día del caos, Homero estaba muy cansado como para sentarse en el sofá. – Mejor me quedo en la cama- pensó. Encendió el televisor y aún quedaban allí, rastros del caos electrónico del día anterior, y ya estaba demasiado excedido de cansancio como para seguir escuchando hablar del mismo tema. Apagó el televisor y se levantó a preparar café. Sin vestirse, con sólo la ropa interior, Homero atravesó la casa, del dormitorio hasta la cocina. Meneando su contorneada cadera, desperezándose, pensando. No pudo aguantar la tentación, entonces, miró por la ventana. Volvió  a quedarse estupefacto con el jardín, no sabía cómo, pero parecía que cada vez había más plantas y más flores, le intrigaba. A pocos minutos de esto, vio salir a la muchacha y atinó a agachar la cabeza para que esta no lo viera, pero en segundos, sintió que una mirada le penetraba el cuerpo, entonces giró para quedar de espaldas. No quería que nadie sospechara, menos quería enrocarse en una relación amorosa con aquella mujer.
De repente, aquella idea loca y descabellada, volvió a su cabeza. Mientras bebía unos sorbos de café hirviendo,  Homero, como el día anterior, volvió a cruzar la calle. Miró a ambos lados, nada venía, ya estaba allí. Su corazón estaba extasiado de lindura y de belleza, no cabía más placer dentro de sí. Aquello era la perfección. Luego de unos minutos, decidió sentarse en el pequeño muro que separaba la casa de la calle. Era, o había sido alguna vez, un muro blanco de no más de 80 centímetros de alto, por lo que no tuvo mayores problemas para sentarse allí. Encendió un cigarrillo y se dispuso a mirar ese hermoso jardín, mientras bebía su café. Quienes pasaban por la calle, no tuvieron sospechas, ya que a la vista, él parecía un normal habitante de la casa verde. Al pasar de los minutos, Homero sintió la inmensa necesidad de entrar a aquella casa. Su inconsciente le decía que no, pero su conciencia, que estaba ya un poco desquiciada, permitíale pensar  y hacer aquel tipo de locuras. Así que así lo hizo, entró. Lentamente, abrió el pequeño portón de fierro, que en algún momento parecía haber sido rojo, y entró, en algunos segundos ya estaba en el jardín. Sí, ese jardín que tanto había mirado, que tanto había deseado en su interior y que tanto lo hacía feliz. Estaba allí, en ese momento no había nada más que le importase. Hasta que recordó que en aquella casa vivía alguien. -¿Y si se olvidó de algo y regresa? –Tengo que irme-, pensó.  Así que se marchó, con una tristeza que le colgaba de los ojos, cruzó la calle, ese pedazo de asfalto tan insulso que lo separaba de la perfección de aquel jardín. Otra vez, a observarlo desde la ventana. Como quien observa su más preciado tesoro.
Así  fueron pasando los días de Homero, y cada día él cruzaba la calle para sentirse pleno. Con su taza de café, esperaba todos los días ver irse a la muchacha, y lentamente cruzaba la calle, despacio, sutil, disimuladamente, abrazando cualquier excusa, siendo preso de la extrema necesidad de sentir querer, sentirse a resguardo, seguro.  
Un día como cualquiera, mientras Homero se encontraba allí, pasó lo que tanto temía. Aquella hermosa joven que hace minutos atrás, él mismo había visto irse, había vuelto. Intentó esconderse entre la maleza, pero al querer apurarse, más pisaba sus hermosas compañeras, estaba aterrorizado, les estaba haciendo un daño irreparable, no podía soportarlo, no le quedaba espacio para moverse rápidamente sin romper  aquellas bellas plantas que adornaban su vida y aquella vereda. La muchacha ya estaba allí, y con cara de terror, sacó su teléfono y marcó 911. Homero intentó explicarle, pero la muchacha entre gritos y llantos, le decía a la policía que viniera, que había un ladrón que quería entrar a su casa. 
Homero intentó explicarse, de todas las maneras que encontró posible hacer llegar sus palabras, así lo hizo. Pero no hubo caso. Homero era para la ley un loco, para la muchacha un ladrón, para los poetas un enamorado. Su caso pasó a ser de lo más hablado en aquel pueblo. A él lo internaron en un siquiátrico, y nadie jamás lo volvió a ver. Dicen que en su recinto, no hace más que dibujar plantas, y que cada mañana, mira por la ventana buscando algún nuevo jardín que admirar.

Fin

lunes, 16 de abril de 2018

Ángel solitario

Te vivís cansando. Sí, sí me dije, me vivo cansando, vivo para cansarme y qué. Hoy no sé nada. Para colmo, los vecinos tienen la puta costumbre de gritar. Me enerva. Los perros ladran. En cualquier momento exploto, me digo, te digo. Ya sé sí, yo la veo venir. Qué ves venir. Y... veo, la hecatombe. Se derrumba. No puedo sostenerlo más. Lo qué. Esto. La puta madre. Cocinar de nuevo. Y ahí va. Una vida llena de hacer cosas que no tengo ganas de hacer. Y vos tampoco. Ruido. Ruido por todos lados. Me tapo con música, me pongo peor. Ansiedad. Cumplir. Con qué. Con vos, lo sabés. No me preguntes, si sabés que no te puedo ni ver. Estoy odiando todo esto.

lunes, 5 de marzo de 2018

.

Me canso. A veces me canso de toda esta porquería, de todas estas cosas que no entiendo, de este andar tan frágil y craquelado. Me canso de esta felicidad esporádica e instantánea, me canso de ser, de vivir, de tener que estar acá.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Los muertos

Estaba como siempre, soñando con despegar. El puto domingo había alzado sus expectativas nuevamente, ya no pensaba solo en cojer. Despegar de estos días inertes y fríos, volar más alto, dejar este mundo vil, de rutinas estúpidas y normas de convivencia patéticas. Quería sentir la adrenalina enfriándole el cuerpo, quemándose el rostro de ganas y reconocimiento. No encontraba cómo, los años pasaban, todo era siempre igual. Todo se iba de sus manos, todo parecía escabullírsele entre los dedos finos y largos, heredados de su padre. Ya estaba cansado de verla pasar y no poder acercarse. Lamentable, parece que está demasiado lejos. ¿Cuándo vas a llegar? no soporto esta espera, tengo ansias de vos, ganas de salir a buscarte, no tengo idea dónde poder encontrarte, te escondes en los rincones de esta infeliz vida, de este infeliz andar, tan suave, tan insulso. A veces siento que te acercas de a poco, pero no es más que un simple engaño, espejismo,mentira.