sábado, 12 de mayo de 2018

El hombre y el jardín


Capítulo I. El Origen

Homero estaba sentado en el sofá mirando por la ventana semiabierta. Desde la posición en la que se encontraba, podía visualizar un tramo de la calle y unas pocas casas que alcanzaba a divisar con su mirada. Entre ellas, había una casa verde que resaltaba de entre las demás por su atípico color y por la gran colección de plantas exóticas que decoraban su vereda. Homero la miró y pensó en el tiempo que le habría llevado a la persona que allí vivía, recoger todas esas plantas y organizarlas de tal forma en que todo el jardín quedara perfectamente armado, que hasta pareciera sacado de un cuento en el que todas encajan perfecto y combinan entre sí; dispuestas de una maravillosa manera, perfectamente recortadas, relucientes, cayéndoles gotas de agua recién regada y sobretodo, vivas.
 –Están más vivas que yo-, pensó. Alguien habíase tomado el tiempo y la delicadeza de mantener vivo ese hermoso jardín y darle ese aspecto tan sutil, pero a la vez tan bosquecino, tan tibio y cálido. –Será alguna viejita- pensó.  Fue allí, mientras pensaba, cuando vio salir de aquella casa, una hermosa joven de cabello largo y negro, que pasó entre medio de las plantas, abrió el pequeño portón que separaba la casa de la calle, y se fue hacia la izquierda. –Será su nieta, irá a trabajar- supuso. Desde su perspectiva no podía ver más, así que a pocos minutos de ver salir a la joven, ésta se perdió entre el gris de la calle y las otras casas, y pronto se olvidó de ella. Su mente siguió analizando el jardín detenidamente, y halló que en él se encontraban todos los tipos de especies que él podía llegar a conocer, y otras que no conocía. Reconoció de entre estas el Aloe, el Llantén, la Lavanda y un árbol de Ceibo. También había allí un hermoso árbol de Paraíso que proporcionaba una perfecta sombra a todo el lugar, donde le hubiese gustado sentarse a tomar un mate de té con aquella mujer, o simplemente solo, qué más daba. En su pequeño apartamento nunca había podido tener más de una o dos plantas en macetas, el placer de la tierra fértil y viva no se le había dado. Sus pocas posibilidades monetarias, gracias a un trabajo inestable y la casi ninguna herencia patrimonial que le habían dejado sus padres, no le permitían acceder a mucho más. Apenas si vivía en ese apartamento alquilado de un amigo, que dos por tres le perdonaba la renta, menos iba a poder plantar o ver crecer algún yuyo. Homero siguió mirando hacia el mismo lugar, nada le retraía de su tarea, hasta que de pronto, alguien llamó a la puerta de aquella casa. –Al fin, voy a conocer a la viejita que cuida de esas plantas- pensó.  Aquel visitante inesperado, golpeó tantas veces hasta hartarse y nadie salía de allí. Homero pensó que tal vez era una señora muy muy viejita, a la que le costaba llegar hasta la puerta, pero luego pensó que en realidad el visitante había estado mucho tiempo insistiendo como para que alguien pudiese abrirle. Luego pensó que tal vez allí no vivía nadie más, solamente aquella muchacha, y pensando sobre sus pensamientos, la envidió, y se castigó a sí mismo por el pensamiento y se dijo: - Imposible, alguien más tiene que vivir allí-.

Capítulo II. Sobreviviendo

Una de aquellas tardes en las que Homero no hacía más que sentarse en aquel sofá viejo y estrecho, mientras observaba por la ventana semiabierta hacia la casa de enfrente, decidió ir. Lentamente levantó su cuerpo, y con más curiosidad que pereza, emprendió el corto camino que separaba la puerta de salida de la sala de estar, y en menos de un minuto su mano estaba en el pestillo de aquella puerta de madera marrón y destartalada – tengo que arreglar esto, pensó- y tras un portazo, dejó su recinto. Mirando hacia un lado y otro, se dispuso a cruzar la calle y en segundos estaba en el frente de aquella misteriosa casa. Nuevamente, hacía un rato, había visto salir a aquella hermosa mujer, por lo que supuso no habría nadie.
 Se confirmaron sus expectativas. Aquel jardín era mucho más hermoso de lo que parecía desde lejos, la variedad de plantas y flores aumentaba conforme a su vista giraba hacia un lado y hacia otro, se extasiaba, no podía ver más, sus pequeños y achinados ojos no le alcanzaban. Quería abrazar todo aquello con los ojos. Por un momento, su cabeza dio atisbos de una idea loca, la que auto rechazó y automáticamente, volteó  para emprender de nuevo el camino hacia su casa.
De nuevo allí, se sentía seguro, empero, no podía dejar de ver ni de pensar en aquel hermoso jardín. Fue entonces cuando sonó el teléfono. En seguida lo tomó entre sus manos y deslizando suavemente el dedo índice sobre la pantalla, atendió, era de su trabajo. – Te necesito ya, ¿podéis venir? – Se escuchó del otro lado- Me alisto y voy- dijo él.
En menos de diez minutos Homero estaba pronto. Las llamadas inesperadas de su jefe, no podrían significar otra cosa que problemas, por lo que de camino al trabajo, fue pensando en los posibles errores que tendría que corregir, en las posibles soluciones a los posibles problemas.
Al llegar se encontró con lo que esperaba. Un completo caos. Diez personas no paraban de teclear sobre sus escritorios, si quiera levantaban la vista o paraban para tomar un sorbo de café. Él de dispuso a ir instantáneamente hacia su escritorio, pero cuando llegó, alguien más estaba en su lugar. Era un hombre joven y flaco, con poco y nada de barba, - tendrá unos 20 años- pensó. Sutilmente, le pidió al joven que se retirara, explicándole que ese era su escritorio, y que lo necesitaría para trabajar las próximas horas. El joven, con un poco de recelo y dudas, tomó sus cosas y  se paró. Fue directamente a la oficina del jefe, el cual le asignó un nuevo lugar.
Para Homero las cosas no habían comenzado bien. No había cosa que odiara más que un compañero nuevo mezclado entre sus cosas, tocando su computadora y sus lápices. No era que tuviese archivos privados ni un historial de páginas pornográficas, solo que su sentido de pertenencia era tan débil, que le hería en lo más mínimo sentir que sus cosas no eran sus cosas. Que en su ausencia, todos podían tocar y hacer uso de su lugar.
En menos de un minuto, el jefe se plantó frente a él y le explicó la situación. Un grupo de personas desconocidas, habían entrado en la red privada de la empresa, la habían hackeado, y estaban sacando a luz datos privados que no podían saberse. En el noticiero local ya habían sido mostrados algunos datos prohibidos, era un escándalo social. - Contamos con su capacidad para corregir esto, lo más antes posible- dijo el jefe. Homero tragó saliva y se dispuso a acabar con el problema. Sabía que era un arduo trabajo y que le llevaría horas. Tendría que hackear la página web de su propia empresa, averiguar direcciones IP, tratar de localizar a los posibles hackers, cambiar contraseñas, guardar datos, ingresar otros. Le esperaba una tarea larga y dolorosa, no quería pensar.

Capítulo III. El Jardín

Al otro día del caos, Homero estaba muy cansado como para sentarse en el sofá. – Mejor me quedo en la cama- pensó. Encendió el televisor y aún quedaban allí, rastros del caos electrónico del día anterior, y ya estaba demasiado excedido de cansancio como para seguir escuchando hablar del mismo tema. Apagó el televisor y se levantó a preparar café. Sin vestirse, con sólo la ropa interior, Homero atravesó la casa, del dormitorio hasta la cocina. Meneando su contorneada cadera, desperezándose, pensando. No pudo aguantar la tentación, entonces, miró por la ventana. Volvió  a quedarse estupefacto con el jardín, no sabía cómo, pero parecía que cada vez había más plantas y más flores, le intrigaba. A pocos minutos de esto, vio salir a la muchacha y atinó a agachar la cabeza para que esta no lo viera, pero en segundos, sintió que una mirada le penetraba el cuerpo, entonces giró para quedar de espaldas. No quería que nadie sospechara, menos quería enrocarse en una relación amorosa con aquella mujer.
De repente, aquella idea loca y descabellada, volvió a su cabeza. Mientras bebía unos sorbos de café hirviendo,  Homero, como el día anterior, volvió a cruzar la calle. Miró a ambos lados, nada venía, ya estaba allí. Su corazón estaba extasiado de lindura y de belleza, no cabía más placer dentro de sí. Aquello era la perfección. Luego de unos minutos, decidió sentarse en el pequeño muro que separaba la casa de la calle. Era, o había sido alguna vez, un muro blanco de no más de 80 centímetros de alto, por lo que no tuvo mayores problemas para sentarse allí. Encendió un cigarrillo y se dispuso a mirar ese hermoso jardín, mientras bebía su café. Quienes pasaban por la calle, no tuvieron sospechas, ya que a la vista, él parecía un normal habitante de la casa verde. Al pasar de los minutos, Homero sintió la inmensa necesidad de entrar a aquella casa. Su inconsciente le decía que no, pero su conciencia, que estaba ya un poco desquiciada, permitíale pensar  y hacer aquel tipo de locuras. Así que así lo hizo, entró. Lentamente, abrió el pequeño portón de fierro, que en algún momento parecía haber sido rojo, y entró, en algunos segundos ya estaba en el jardín. Sí, ese jardín que tanto había mirado, que tanto había deseado en su interior y que tanto lo hacía feliz. Estaba allí, en ese momento no había nada más que le importase. Hasta que recordó que en aquella casa vivía alguien. -¿Y si se olvidó de algo y regresa? –Tengo que irme-, pensó.  Así que se marchó, con una tristeza que le colgaba de los ojos, cruzó la calle, ese pedazo de asfalto tan insulso que lo separaba de la perfección de aquel jardín. Otra vez, a observarlo desde la ventana. Como quien observa su más preciado tesoro.
Así  fueron pasando los días de Homero, y cada día él cruzaba la calle para sentirse pleno. Con su taza de café, esperaba todos los días ver irse a la muchacha, y lentamente cruzaba la calle, despacio, sutil, disimuladamente, abrazando cualquier excusa, siendo preso de la extrema necesidad de sentir querer, sentirse a resguardo, seguro.  
Un día como cualquiera, mientras Homero se encontraba allí, pasó lo que tanto temía. Aquella hermosa joven que hace minutos atrás, él mismo había visto irse, había vuelto. Intentó esconderse entre la maleza, pero al querer apurarse, más pisaba sus hermosas compañeras, estaba aterrorizado, les estaba haciendo un daño irreparable, no podía soportarlo, no le quedaba espacio para moverse rápidamente sin romper  aquellas bellas plantas que adornaban su vida y aquella vereda. La muchacha ya estaba allí, y con cara de terror, sacó su teléfono y marcó 911. Homero intentó explicarle, pero la muchacha entre gritos y llantos, le decía a la policía que viniera, que había un ladrón que quería entrar a su casa. 
Homero intentó explicarse, de todas las maneras que encontró posible hacer llegar sus palabras, así lo hizo. Pero no hubo caso. Homero era para la ley un loco, para la muchacha un ladrón, para los poetas un enamorado. Su caso pasó a ser de lo más hablado en aquel pueblo. A él lo internaron en un siquiátrico, y nadie jamás lo volvió a ver. Dicen que en su recinto, no hace más que dibujar plantas, y que cada mañana, mira por la ventana buscando algún nuevo jardín que admirar.

Fin

lunes, 16 de abril de 2018

Ángel solitario

Te vivís cansando. Sí, sí me dije, me vivo cansando, vivo para cansarme y qué. Hoy no sé nada. Para colmo, los vecinos tienen la puta costumbre de gritar. Me enerva. Los perros ladran. En cualquier momento exploto, me digo, te digo. Ya sé sí, yo la veo venir. Qué ves venir. Y... veo, la hecatombe. Se derrumba. No puedo sostenerlo más. Lo qué. Esto. La puta madre. Cocinar de nuevo. Y ahí va. Una vida llena de hacer cosas que no tengo ganas de hacer. Y vos tampoco. Ruido. Ruido por todos lados. Me tapo con música, me pongo peor. Ansiedad. Cumplir. Con qué. Con vos, lo sabés. No me preguntes, si sabés que no te puedo ni ver. Estoy odiando todo esto.

lunes, 5 de marzo de 2018

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Me canso. A veces me canso de toda esta porquería, de todas estas cosas que no entiendo, de este andar tan frágil y craquelado. Me canso de esta felicidad esporádica e instantánea, me canso de ser, de vivir, de tener que estar acá.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Los muertos

Estaba como siempre, soñando con despegar. El puto domingo había alzado sus expectativas nuevamente, ya no pensaba solo en cojer. Despegar de estos días inertes y fríos, volar más alto, dejar este mundo vil, de rutinas estúpidas y normas de convivencia patéticas. Quería sentir la adrenalina enfriándole el cuerpo, quemándose el rostro de ganas y reconocimiento. No encontraba cómo, los años pasaban, todo era siempre igual. Todo se iba de sus manos, todo parecía escabullírsele entre los dedos finos y largos, heredados de su padre. Ya estaba cansado de verla pasar y no poder acercarse. Lamentable, parece que está demasiado lejos. ¿Cuándo vas a llegar? no soporto esta espera, tengo ansias de vos, ganas de salir a buscarte, no tengo idea dónde poder encontrarte, te escondes en los rincones de esta infeliz vida, de este infeliz andar, tan suave, tan insulso. A veces siento que te acercas de a poco, pero no es más que un simple engaño, espejismo,mentira.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Carta para alguien que se fue

¿No te pasa que a veces no le encuentras sentido a esto? Quisiera decirte que yo sí, pero te mentiría. Yo tampoco entiendo qué hago acá, no se de dónde salieron estos sueños, ni dónde debo metérmelos. Pero la historia es que aquí estoy, soñando con que algún día leas estas líneas.
Hace un tiempo véngome cuestionando esto, y aún no he descubierto nada interesante o por lo menos nada que me explique quién soy. Simplemente he seguido mi instinto y el me ha traído hasta aquí. Y conmigo tengo un montón de sueños que espero alcanzar.
Bien. Te cuento que por éstos días todo ha estado demasiado bien y no ha habido mayores incidentes. Eso me deja un poco en paz, pero no puedo evitar la sensación de dolor que dos por tres aparece y no cesa. De pronto el pasado llega queriendo pisotear todo lo que he construido y mi razón me abandona y me vuelvo tan pasional que, me asusto. Luego vuelvo a ver claro y me tranquilizo.
En este momento atardece por aquí y todo se vuelve más acogedor por estas horas. Hace tiempo quise tener lo que hoy, empero, una lástima, la sociedad siempre intenta decirme que algo pasa, que no todo puede salir bien, que ser feliz no está de modé y que tienes que sufrir. Pues porque sino, no seríamos humanos. Pues claro que lo soy y claro que las cosas me salen mal, pero intento ver el medio vaso lleno, el lado positivo, como quieras llamarle. Y no, no te rías, no me he convertido en una maldita hippie, solo aprendo a ser cada día un poco más feliz con todo lo que tengo. Aprecio estar aquí y que tú estés allí para recibir esto.

Hasta la próxima.

domingo, 29 de octubre de 2017

Odio

Odio el triste menear de tu cabeza cuando se empeña en negar la realidad inminente sobre nosotros. Porque algo subió dos pesos, porque robaron al vecino. Odio no saber qué hacer cuando nuestras vidas se tornan tan injustas... Odio el sonido de la puerta cuando te vas, y no todo está tan bien y me quedo con el desdén amargo de que podría haber dicho algo mejor. Odio verte conformar con esta miseria, con este poco vivir y suave andar. Odio cuando opinás, quejándote, odio no poder hacer algo porque eso no te moleste. Odio cuando te hacen daño y me guardo la impotencia en el bolsillo, y me voy. Creo que odio todo lo que puede llegar a lastimarte. Odio verte tan frágil, verme a mí misma reflejada en vos, siendo tan vulnerables. Veo como todo alrededor no encaja con nosotros. Cómo nos cuesta hacer cosas tan cotidianas, cómo te tuviste que acostumbrar a ser alguien que no sos ni vas a ser. Cómo duele. Verte escondido entre los juncos de una sociedad cruel e injusta, que condena lo anormal, rechaza, reprime. Como duele. Quisiera darte la mano un día y que nos fuéramos, vos y yo, a Canadá, a buscar a tu amor, o a Rosario, a buscar el mío. Te invito, hoy.

domingo, 20 de agosto de 2017

Capítulo 1: De amor y de guerra

Eran las dos de la mañana. La luna sin completar su figura alumbraba esa noche con una fuerza extraña.

-¿Qué pensás hacer después?- Le dijo, mientras contemplaban el techo lleno de manchas de humedad por el temporal intenso de días antes.
-Tal vez irme a Córdoba. Tengo familia allí y según dicen es tranquilo, y eso es lo que necesito, tranquilidad. Me cansé de estar acá. Estoy podrido.
Macarena suspiró y giró para agarrar un cigarrillo de la mesa de luz y encenderlo. Dio una larga pitada y después de largar el humo dijo: - Sos un cobarde.- Diego la miró y no contestó, esa respuesta sonó tan fría y tan estúpida, que quedó desconcertado y no supo qué contestar. No era lo que esperaba. Así que simplemente se limitó a pedirle la mitad del cigarrillo para fumarla e irse a bañar.


Diego contaba con 26 años. La posibilidad de formar una familia siempre le había sido ajena, temía el fracaso. Tener una esposa, hijos y dos perros sonaba absurdo. Aunque alguna vez lo hubiese pensado, eso no era cosa suya. A él le gustaba andar por lo bares y ciudades, conociendo gente y culturas nuevas, conquistar a una mujer, ir a la cama, coger desenfrenadamente e irse. Esa era su vida y su moral y no pensaba cambiarla. Hace algunos años, alguien había roto su percepción del amor y los perros. Tres años en los que había entregado todo, hasta la última gota de su amor y su pasión. Pero ella un día se fue y lo dejó allí, con un manojo de despojos y una caja llena de recuerdos. Así que desde ese momento había decidido no volver a querer nunca más.

Al cabo de un mes, Diego estaba instalado en Córdoba. Allí la vida se llevaba bien. Nadie lo conocía además de su familia, así que nadie lo perseguía ni lo miraba de manera extraña. Podía hacer sus cosas tranquilo, de verdad había paz y a veces tanta que se sentía solo. Macarena y toda su humilde humanidad se habían quedado en Uruguay y por momentos la extrañaba, extrañaba su piel, su cuerpo sudado encima del suyo, su pelo suelto y su cara de curiosidad y placer. Pero intentaba ahogar esos pensamientos con un poco de vino, música y otras mujeres.
De pronto, un recuerdo nubló sus ojos:

- Hola,¿sabes dónde está Bedelías?

 Unos ojos verdes como hojas perennes se clavaron en los suyos marrones, y una sonrisa blanca y delicada se atravesó con la suya.

-Estoy buscando lo mismo, si querés vamos juntos.