sábado, 16 de diciembre de 2017

Los muertos

Estaba como siempre, soñando con despegar. El puto domingo había alzado sus expectativas nuevamente, ya no pensaba solo en cojer. Despegar de estos días inertes y fríos, volar más alto, dejar este mundo vil, de rutinas estúpidas y normas de convivencia patéticas. Quería sentir la adrenalina enfriándole el cuerpo, quemándose el rostro de ganas y reconocimiento. No encontraba cómo, los años pasaban, todo era siempre igual. Todo se iba de sus manos, todo parecía escabullírsele entre los dedos finos y largos, heredados de su padre. Ya estaba cansado de verla pasar y no poder acercarse. Lamentable, parece que está demasiado lejos. ¿Cuándo vas a llegar? no soporto esta espera, tengo ansias de vos, ganas de salir a buscarte, no tengo idea dónde poder encontrarte, te escondes en los rincones de esta infeliz vida, de este infeliz andar, tan suave, tan insulso. A veces siento que te acercas de a poco, pero no es más que un simple engaño, espejismo,mentira.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Carta para alguien que se fue

¿No te pasa que a veces no le encuentras sentido a esto? Quisiera decirte que yo sí, pero te mentiría. Yo tampoco entiendo qué hago acá, no se de dónde salieron estos sueños, ni dónde debo metérmelos. Pero la historia es que aquí estoy, soñando con que algún día leas estas líneas.
Hace un tiempo véngome cuestionando esto, y aún no he descubierto nada interesante o por lo menos nada que me explique quién soy. Simplemente he seguido mi instinto y el me ha traído hasta aquí. Y conmigo tengo un montón de sueños que espero alcanzar.
Bien. Te cuento que por éstos días todo ha estado demasiado bien y no ha habido mayores incidentes. Eso me deja un poco en paz, pero no puedo evitar la sensación de dolor que dos por tres aparece y no cesa. De pronto el pasado llega queriendo pisotear todo lo que he construido y mi razón me abandona y me vuelvo tan pasional que, me asusto. Luego vuelvo a ver claro y me tranquilizo.
En este momento atardece por aquí y todo se vuelve más acogedor por estas horas. Hace tiempo quise tener lo que hoy, empero, una lástima, la sociedad siempre intenta decirme que algo pasa, que no todo puede salir bien, que ser feliz no está de modé y que tienes que sufrir. Pues porque sino, no seríamos humanos. Pues claro que lo soy y claro que las cosas me salen mal, pero intento ver el medio vaso lleno, el lado positivo, como quieras llamarle. Y no, no te rías, no me he convertido en una maldita hippie, solo aprendo a ser cada día un poco más feliz con todo lo que tengo. Aprecio estar aquí y que tú estés allí para recibir esto.

Hasta la próxima.

domingo, 29 de octubre de 2017

Odio

Odio el triste menear de tu cabeza cuando se empeña en negar la realidad inminente sobre nosotros. Porque algo subió dos pesos, porque robaron al vecino. Odio no saber qué hacer cuando nuestras vidas se tornan tan injustas... Odio el sonido de la puerta cuando te vas, y no todo está tan bien y me quedo con el desdén amargo de que podría haber dicho algo mejor. Odio verte conformar con esta miseria, con este poco vivir y suave andar. Odio cuando opinás, quejándote, odio no poder hacer algo porque eso no te moleste. Odio cuando te hacen daño y me guardo la impotencia en el bolsillo, y me voy. Creo que odio todo lo que puede llegar a lastimarte. Odio verte tan frágil, verme a mí misma reflejada en vos, siendo tan vulnerables. Veo como todo alrededor no encaja con nosotros. Cómo nos cuesta hacer cosas tan cotidianas, cómo te tuviste que acostumbrar a ser alguien que no sos ni vas a ser. Cómo duele. Verte escondido entre los juncos de una sociedad cruel e injusta, que condena lo anormal, rechaza, reprime. Como duele. Quisiera darte la mano un día y que nos fuéramos, vos y yo, a Canadá, a buscar a tu amor, o a Rosario, a buscar el mío. Te invito, hoy.

domingo, 20 de agosto de 2017

Capítulo 1: De amor y de guerra

Eran las dos de la mañana. La luna sin completar su figura alumbraba esa noche con una fuerza extraña.

-¿Qué pensás hacer después?- Le dijo, mientras contemplaban el techo lleno de manchas de humedad por el temporal intenso de días antes.
-Tal vez irme a Córdoba. Tengo familia allí y según dicen es tranquilo, y eso es lo que necesito, tranquilidad. Me cansé de estar acá. Estoy podrido.
Macarena suspiró y giró para agarrar un cigarrillo de la mesa de luz y encenderlo. Dio una larga pitada y después de largar el humo dijo: - Sos un cobarde.- Diego la miró y no contestó, esa respuesta sonó tan fría y tan estúpida, que quedó desconcertado y no supo qué contestar. No era lo que esperaba. Así que simplemente se limitó a pedirle la mitad del cigarrillo para fumarla e irse a bañar.


Diego contaba con 26 años. La posibilidad de formar una familia siempre le había sido ajena, temía el fracaso. Tener una esposa, hijos y dos perros sonaba absurdo. Aunque alguna vez lo hubiese pensado, eso no era cosa suya. A él le gustaba andar por lo bares y ciudades, conociendo gente y culturas nuevas, conquistar a una mujer, ir a la cama, coger desenfrenadamente e irse. Esa era su vida y su moral y no pensaba cambiarla. Hace algunos años, alguien había roto su percepción del amor y los perros. Tres años en los que había entregado todo, hasta la última gota de su amor y su pasión. Pero ella un día se fue y lo dejó allí, con un manojo de despojos y una caja llena de recuerdos. Así que desde ese momento había decidido no volver a querer nunca más.

Al cabo de un mes, Diego estaba instalado en Córdoba. Allí la vida se llevaba bien. Nadie lo conocía además de su familia, así que nadie lo perseguía ni lo miraba de manera extraña. Podía hacer sus cosas tranquilo, de verdad había paz y a veces tanta que se sentía solo. Macarena y toda su humilde humanidad se habían quedado en Uruguay y por momentos la extrañaba, extrañaba su piel, su cuerpo sudado encima del suyo, su pelo suelto y su cara de curiosidad y placer. Pero intentaba ahogar esos pensamientos con un poco de vino, música y otras mujeres.
De pronto, un recuerdo nubló sus ojos:

- Hola,¿sabes dónde está Bedelías?

 Unos ojos verdes como hojas perennes se clavaron en los suyos marrones, y una sonrisa blanca y delicada se atravesó con la suya.

-Estoy buscando lo mismo, si querés vamos juntos.



















domingo, 6 de agosto de 2017

Lo que mata es la humedad

Dejó la puerta abierta. No había nada que me molestase más que eso. La intimidad que por tanto tiempo se me había sido corrompida, seguía siéndolo, vez tras vez, ya no aguantaba ni quería nada más. Ese día había estado extraño, la humedad afuera empañaba los vidrios y mojaba los pisos y las almas. El cielo estaba encapotado, como queriendo llover, pero no llovía hace días. El espesor en el aire parecía cortarse, no había un respiro de aire limpio, todo estaba impregnado en gris, húmedo, incómodo. El suelo rebosaba agua, y todo estaba lleno de gotas a medio caer, como todo por aquí. Yo no quería más que irme del mundo hasta que todo retornara a ser como era, con el frío de aquel invierno congelándonos los huesos.
Sabía que nada era normal. Nunca había imaginado terminar (o comenzar) allí ni ahí, pero algo me ataba y atrapaba a aquello, y no era algo que quisiera o pudiera controlar. Estaba allí con un signo de interrogación constante, clavado en mí como una estaca, y no me lo podía arrancar. Había en mí tantos pendientes y tantos porqués. Me inundaba de preguntas el corazón, y no sabía responder ninguna.

jueves, 27 de abril de 2017

Sótano ácido

Estaba devastada. La opinión pública enferma, la no-retracción al momento de hablar, sojuzgar y herir sentimientos ajenos, la asombra. Yo la observo desde fuera. Desde mi pedestal de deshumanización, miro cómo se restriega entre la miseria humana. Mientras me regodeo en la miseria de mi soledad. Este sótano acojedor y obscuro me abraza y poco a poco, me convierte en una máquina de odio retroactiva. Nunca se qué pensar. No se qué está bien ni qué está mal, porque me he acomodado a la fiel, pero floja, línea de la neutralidad. No pienso moverme de aquí porque, allí afuera, me juzgarían. En cambio este frío e inerte sótano sin luz, me protege y me cuida, no me juzga; sólo me hace sentir  lo suficientemente miserable como para no salir jamás. Aunque, y hay un aunque, algunas veces tengo que salir. Pese, y muy pese a mí, mi horrible condición de humano me impide seguir con esta vida (que cargo a cuestas, aún sin saber por qué) sin necesitar cosas del mundo. "El mundo" ¿qué es? Pienso, mientras le pido a la señorita que me atiende, que me facilite una caja de veinte cigarrillos. Mi economía no es lo suficientemente liviana como para comprar  más, así que me acomodo (una vez más) a mis necesidades y mi economía.
La señorita está devastada. Me tomo un minuto y la observo detenidamente: tiene ojos cafés, labios finos y rojos y una nariz pequeñita y pecosa. Su pelo largo y negro, cae por los costados de sus hombros y un mechón que se cuela entre su cara, sutil y ligeramente, ella lo acomoda detrás de su oreja derecha. Me mira y sonríe. Pero la sonrisa es parte de su trabajo. ¿Qué  hizo este sistema cruel con vos, muchacha de ojos cafés? Ya no puedes sonreír sincera, y buscas, allá fuera, alguien que te de contención, que te quiera, que valore tus días y que, dulcemente te sorprenda cada tanto, tocando tus partes más profundas, descuidadas, curándolas, con amor. ¿Esa sos vos?
 Ella sigue con su tarea y yo me voy (al fin) de ese lugar. Pienso en esa chica y me digo que, si no fuera tan anormal, quizá podría invitarle a salir. Pero al llegar a mi árdido desierto alfombrado, pienso en que, salir de mi zona de confort costaría mucho. No quiero que alguien rompa mis esquemas. Mejor me quedo así.
El mundo me da acidez. O quizás no, quizás la sensación, provocada al ingerir algo frito me recuerda a la última vez que interactué con alguien. Relaciono.

martes, 28 de febrero de 2017

El macho de verano.

Odio al machirulo de verano. Ese especímen no evolucionado que vive en una alzadura temporal pero constante, que no piensa en nada más que coger. Ese bicho en celo, de brazos dorados expuestos por musculosas a rayas y bermudas de surf (aunque no hagan surf), con sus caras lascivas, de púberes veinteañeros, cuyas vidas (por tres meses) gira en torno de mezclar fernet y coca. Son los mismos que hacen competencias por quién se "gana" a "la más linda" como si fuera una conquista, un trofeo. Y que cuando ella dice sí, ella es una puta. Es linda pero fácil. Esos que llenos de arena hasta los huevos, con hedor a chivo y mal aliento, se miran grandiosos y ríen victoriosos, con sus bigotes de cartón (que los hace más hippies!) Y sus barbas llenas de baba y tabaco, vienen a decirte QUÉ BUENA QUE ESTÁS. Como si fueras una cosa. Una de esas que intentan cogerse. Porque están alzados. Sí, se alzan con tu short blanco y tu musculosa de escote, pero lo más lindo es tu pelo. Sí, para agarrártelo cuando te haga chuparme la pija, puta. En el baño del camping o la playa, putita. Y voy a hacer un vídeo. Y mandárselo a mis amigos. El macho de verano es ese adefecio extraño que nace en diciembre y muere en marzo. Y es el mismo que en invierno, pero en verano.