martes, 28 de febrero de 2017

El macho de verano.

Odio al machirulo de verano. Ese especímen no evolucionado que vive en una alzadura temporal pero constante, que no piensa en nada más que coger. Ese bicho en celo, de brazos dorados expuestos por musculosas a rayas y bermudas de surf (aunque no hagan surf), con sus caras lascivas, de púberes veinteañeros, cuyas vidas (por tres meses) gira en torno de mezclar fernet y coca. Son los mismos que hacen competencias por quién se "gana" a "la más linda" como si fuera una conquista, un trofeo. Y que cuando ella dice sí, ella es una puta. Es linda pero fácil. Esos que llenos de arena hasta los huevos, con hedor a chivo y mal aliento, se miran grandiosos y ríen victoriosos, con sus bigotes de cartón (que los hace más hippies!) Y sus barbas llenas de baba y tabaco, vienen a decirte QUÉ BUENA QUE ESTÁS. Como si fueras una cosa. Una de esas que intentan cogerse. Porque están alzados. Sí, se alzan con tu short blanco y tu musculosa de escote, pero lo más lindo es tu pelo. Sí, para agarrártelo cuando te haga chuparme la pija, puta. En el baño del camping o la playa, putita. Y voy a hacer un vídeo. Y mandárselo a mis amigos. El macho de verano es ese adefecio extraño que nace en diciembre y muere en marzo. Y es el mismo que en invierno, pero en verano.

sábado, 7 de enero de 2017

Bocetos de una noche de verano

La miré a los ojos y me surgió una profunda tristeza mezclada con melancolía. Entonces me pregunté ¿quién era yo? ¿dónde estaba? la respuesta fueron sus brazos rodeando mi cintura y entonces, supe que ella era el lugar, la rutina y todo. Me sentí una mujer perdida en los brazos de otra mujer perdida, mientras uníamos nuestras penas con amargura y una intensa y extraña felicidad.
Me aparté y sonreí. La amé, como una ama cuando ama la tristeza, y lloré. Tomé sus manos suavemente y reflexioné sobre qué significaba ese gesto, tan irrelevante a veces y tan importante otras y suspiré. Ella preguntó qué pasaba y fue lo peor que pudo haber hecho, porque no pasaba nada. Apretó mi mano y dirigió su mirada al sol que se escondía en el horizonte y sentí que en ese momento, y en esa línea, se dibujaba nuestro incierto futuro juntas.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Pequeña

Estaba fumando un cigarrillo cuando un dolor de cabeza intenso se apoderó de mí. Lo arrojé al suelo, y lo vi irse junto con el agua sucia del desagüe. Estuve allí unos minutos hasta que decidí irme. Entré a la casa y encendí la luz. Adentro estaba oscuro aunque afuera el sol brillaba. Siempre había resultádome un poco opaca aquella casa. La humedad se instalaba en las paredes blancas, que ya no eran tan blancas sino más bien grises. Encendí el toca discos. Hacerlo me hacía sentir un poco más vieja, un poco más en mi lugar. Siempre creí que mi vida se había perdido veinte años atrás. Pero allí estaba yo, en ese año tratando de vivir una vida que sentía no era mía. Me había equivocado de lugar. O me habían equivocado.
Tenía 10 años cuando hice el amor por primera vez. Ella me dijo que tenía ganas de jugar, que estaba un poco aburrida y yo accedí, porque también estaba aburrida e impaciente. Aunque en sus ojos marrones podía ver que no quería solo jugar, me arriesgué. No dijo más nada y luego apretó uno de mis pechos. Me miró para ver si accedía y supongo que le contesté afirmativo porque siguió. Tenía pecas en toda la nariz, que era chiquita, y tenía pelo largo y negro. Con la otra mano apretó mi otro pecho y lo tiene en su mano hasta ahora. Yo no quería que se sintiera mal, así que hice lo mismo. Sus senos eran pequeños y firmes. Tenía los pezones marrones bien oscuro, y la piel que los recorría era tan suave como una pluma. Descubrí que me gustaba esa sensación. Que me iba a gustar para siempre. Después de eso, crecí.
Luego de que el disco me hiciera recordar esto, volví a afuera a fumar otro cigarrillo, esta vez completo. Unos ojos color miel se cruzaron con los míos que estaban negros y tristes. Ella sonrió simpática, yo le devolví temerosa, no quería condicionarla. Se acercó a mí y me pidió un cigarrillo. Le di dos. Y desde allí siempre le di dos de todo.
Tenía el pelo rubio y largo. En algunos lugares era más claro y en otros más oscuro. Su cabello hacía juego con ella. Y en ese momento pensé en que si yo la hubiese creado, hubiese puéstole exactamente ese mismo cabello. Sus manos eran finas y parecían estar frías siempre. Además, siempre las traía pintadas de color rojo, perfectamente delineadas.
La invité a fumar ese cigarrillo y me dijo que sí. Entramos a la casa oscura y para no opacar su lucidez, abrí las cortinas y las ventanas. Dijo que le gustaba más así, que quizás me vendría bien un cambio y yo quise decirle que qué atrevida, acabamos de conocernos pero simplemente asentí, porque realmente la rubia tenía razón y quizás ella estaba ofreciéndose sutilmente a ser mi cambio. Preparé café. Ella lo puso entre sus manos y se acercó a la biblioteca. Dijo que no le gustaba García Márquez, que prefería a Kundera o a Capote y me deslumbró su sinceridad y la nitidez y solidez de sus palabras. Le dije que yo también. Y nos entendimos.
Esa noche se quedó allí. Me incomodó ver cómo una desconocida dormía en mi cama, entonces salí a fumar otro cigarrillo. Pasaron los días y me fui acostumbrando. La rubia leyó mi biblioteca y tomó de mi café. Fumó de mis cigarros y durmió apaciblemente en mi cama. Cambió mis cortinas y pintamos las paredes húmedas de terror y tristeza. Estábamos sentadas amando la vida un poco cuando me dijo que le gustaría quedarse y esa amenaza a mi soledad, con la que me llevaba tan bien, de repente derrumbó todo el terror y respondí, besándola, que .

lunes, 7 de noviembre de 2016

Autómatas del Vicio (Continuación)

Extrañaba sus ojos. Eran verdes como una gota de agua de lluvia reflejando una hoja perenne. Formaban un juego perfecto y letal junto con sus labios, que se torcían al sonreír hacia el costado. Nuestra invitación se estaba postergando. Y demasiado. Yo quería besarles las comisuras y todos los costados, todo lo que formara punta o ángulo en él. Cada curvatura, cada vuelta de piel. Me puse ansiosa. Verle ahí me inquietaba. Necesitaba hablarle, decirle que quería tenerle en mi cama, o en la suya, o en la pared, no importaba. Las palabras exactas no me salían y tampoco quería derrapar. Así que el silencio y una mirada fugaz y candente fueron la mejor opción. Se alejó lentamente y yo le seguí con la mirada hasta donde alcanzaron mis ojos, tratando de descubrir qué pensaba. Me distraje un momento y cuando me volví, le descubrí mirándome a lo lejos y ya no se le distinguían aquellos ojos tan bellos y aquellas pestañas tan finas. Eran casi imperceptibles. Aunque yo hubiese podido dibujarlas si quisiera, prefería imaginarlas, sentir que estaban allí, cerrándose y abriéndose frente a mí, a mis ganas, a las suyas. Él quería desesperadamente algo tangible, algo para poder recordar, porque el hombre se aferra a los recuerdos más ardientes, a lo de verdad, a lo que existe, a lo que podemos tocar o grabar en vídeo. Yo me divertía con la imaginación. En ella podía hacer y deshacer a mi forma, no esperaba que él actuase porque imaginaba la forma en que quería que lo hiciese, era absurdo y egoísta, pero infinito. Lo que se empieza se termina algún día, pero esto no. Dentro mío él siempre estará seguro.

lunes, 24 de octubre de 2016

Autómatas del vicio

El se sorprendió tanto cuando me halló mirándole (tan) sutilmente a los ojos que no supo responderme. Descubrí esa inseguridad que la sociedad y todos sus prejuicios no podían permitirle. Volteé y seguí con mi tarea, pero no aguanté mucho tiempo hasta volver a voltearme para mirarlo. Ahí me respondió, entendiendo y sonriendo. Esa sonrisa pícara pero fugaz supo encenderme. Y mantener viva la llama. Aunque un poco confundido, sus ojos brillaron y me dijo más de lo que quise saber. Quería más y yo también.
Me puso el pucho en la boca. Eso era una incitación, una invitación, no me digan que no. Me invitó a coger ahí, frente a todos, y yo acepté, le dije dale vamos de una pitada. Después se fue.




Continuará...

lunes, 17 de octubre de 2016

Para no verme más

El día comenzó lluvioso. Hace semanas la lluvia no cesaba su caída, habría mucho que limpiar -supuse-. Los siniestros habían ocurrido a manadas, de toda índole. Todo se repetía en mi interior. Quería saber qué se siente no pensar. Y no lo lograba. Quería anestesiarme. Y lograba lo contrario. La lluvia parecía prestarme atención, acurrucarme, mantenerme al margen. Alguien sabía que no me hacía bien vivir y me protegía. Hubiese querido quedarme en ese útero tan cálido y materno. Quizás en una incubadora inerte y fría, pero quedarme, no transitar, no vivir. Esa condición de humanidad llevaba consigo supuestos que a veces se me tornaban intolerables, insoportables. La vida en sociedad pesábame. Cada día de vida era un juicio emitido, una decisión tomada, una opción. Me incomodaba tener que optar. Odiaba hacer uso de mi y sentirme igual que los otros. Esos otros que eran yo, y yo era ellos a la vez. Y éramos. Y el plural... odiaba el plural también. Una vez alguien me miró tiernamente y dejó al descubierto mi carne, mis propias falencias, mi vida imperfectamente e inconscientemente decidida y estructurada. Y ahí me desnudó. Mientras me tocaba la mano y mientras me miraba mordiéndose los labios y yo le miraba queriendo ser. Otras veces me miraron pero no pude. No lo logré. No quise despreciar aquellas miradas pero era terrible buscar en ellas lo que sólo podía transmitirme una. Esa una que no había vuelto a ser. Y quizás no volvería.
Podía adivinar en los ojos de las personas las cosas. Cuando querían estar y ser y cuando no. Y parecería increíble pensar en cuántas personas que aparentan ser tan duras son tan débiles. De corazón tibio, casi caliente. A veces el dolor en las personas me asustaba. Y me contagiaba, casi siempre. Intentaba huirle a aquel don horrible, quería desprenderme, pero algo me ataba intensamente a la vida y a los ojos de las personas.
La lluvia cesó. Parecía que al fin el calvario humanamente prohibitivo se acababa una vez más. Algunas almas siempre llueven. Y tienden a encerrarlas.
Caminé unas cuadras. Tapaba mi más fiel sentido con un poco de música y eso hacía que perdiera un poco el equilibrio y la sensación de estar. Era un vicio doloroso. Pero me extasiaba. Me sentía ir junto con los acordes, pero el problema aparecía cuando ellos querían dominarme: ahí retrocedía. Volvía a ser humana, volvía a comportarme el alma, a escupir modales. La humedad me incomodaba. El sol había empezado a salir y los restos de lluvia y de mi alma se empezaban a ir evaporándose. Yo me fui junto con ello y junto con todo. Había comenzado a llover nuevamente. Deseaba caminar.

martes, 23 de agosto de 2016

Los ojos morochos más lindos que vi.

Hubiese querido entrar en su vida aquella tarde de primavera. Quizás quedarme en ella. Quizás suicidarme el alma con sus ojos finos, alargados y negros. Estaba pensándole y la tarde se volvía interminable. Tarde de mierda -pensé-. Quería que terminase allí mi abatido pensamiento. Era una tarde cálida pero ventosa, en donde el sol funcionaba como estimulante y el viento como refrigerio. Y fue el primer día que lo cuestioné. Venía hace unos dos días pensando demasiado en todo y aunque él siempre se salvase de mis profundas cuestiones, ese día no quedó fuera. Era demasiado lindo e inteligente, y todo a su alrededor parecía perfecto, aunque sabía y sabíamos que no lo era, tenía ese quéseyo que hacía parecer que todo estaba siempre bajo control. Que sabía todo de la vida. Esa personalidad cohibía, era lo que decían, y en lo que a mi respecta, lo hacía. Además de eso, sentía una culpa terrible. Su mirada, (no podía dejar de hablar ni pensar en ella) me transmitía tanto amor y tanta tristeza, que no sabía ya distinguir la fina y casi invisible línea que separaba un sentimiento del otro. La culpa surgía cada vez que me hablaba y yo quería corresponderle y morir en ella, pero no podía. Era demasiado luminosa.
Llegó la noche y no pude evitar pensar en salir a buscarle. Miraba alguna de sus fotos y sus ojos, aquellos que me habían sabido decir tantas cosas en un Marzo de años atrás, ahora decían algo distinto que no sabía cómo descifrar. Aquello me desesperaba. A veces recordaba cuando jugaba con sus pestañas, pasaba el dedo por encima de ellas sintiéndolas, eran tan suaves, y él cerraba los ojos cuando yo las acariciaba y los abría para mirarme y los volvía a cerrar. Se reía al sol en la placita y me abrazaba, y me decía que me quería y yo le decía que yo más. La hora pasaba y yo tenía que irme, no quería (nunca quería); la despedida era cruel. Ponía sus manos en mi cintura y me apretaba junto a la suya y volvía a mirarme con aquella tierna mirada que me había enamorado siempre, desde que nos conocimos cuando trabajaba de cadete en una farmacia. Tenía los ojos achinaditos y las mejillas rechonchas que le apretaban los párpados. Tenía un lunar relindo encima del labio cerca de la nariz, que odiaba y que yo amaba tanto. Fue la primer persona que escribió algo para mí, que aún recuerdo, que tengo en mí. Transcribirla aquí sería como traicionarle. Recuerdo cada uno de sus gestos. Su forma de caminar y hablar, la risa al sol y los llantos a la noche. Las lágrimas caían por la punta de sus ojos achinados y corrían por el costado de su cara mestiza, por el borde de sus mejillas y doblaban y terminaban en su boca o mis dedos, cuando las secaba. Su risa era agradable, sincera, y me enamoraba cada vez que la sacaba a relucir. Cada vez que mostraba sus dientes al mundo y se decía a sí mismo que nada podía destruirle. Me encantaba cuando hacía eso. Era como hacer el amor, que quisiera seguir viviendo a pesar de todo, (¡y conmigo!) era para mí, todo un acontecimiento. Guardaba en mí el profundo deseo de permanecer en su vida tanto como él permanecía en la mía.